8 El Mensajero Juvenil E1 Mensajero Juvenil 9 didos nunca cesa; la felicidad de los redimidos no conoce fin. Pero basta: Dios habló ya, y una vez para siempre descubrió el camino que conduce al cielo. En el capítulo nueve de la Epístola a los Hebreos, el Espíritu de Dios, llama nuestra atención al tabernáculo, y nos suministra saludables enseñanzas respecto al caso. 2. El Tabernáculo. El tabernáculo había sido construido por Moisés en el desierto según plano y detalles suministrados por Dios mismo. El edificio se dividía en dos partes: siendo la primera el lugar santo, en el cual siempre entraban los sacerdotes para hacer los oficios del culto. La segunda parte, llamada el lugar santísimo era la morada de Jehová. De suerte que en ese edificio fueron claramente establecidas las posiciones respectivas de Dios y del hombre. Dios se hallaba dentro, el hombre se hallaba fuera del velo. El hombre no tenía acceso a la presencia de Dios; adoraba fuera del velo. Ahora el pueblo de Israel se distinguía entre las naciones del mundo por la morada visible de Dios en medio de ellos, y por el código legal que Dios les había dado para ordenar su conducta. La ley era la expresión de lo que Dios exigía de los israelitas, sus creaturas responsables. Moisés en nombre de Dios había declarado a Israel: “Tendremos justicia cuando cuidáremos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado.” Deut. 6:2.5. Pero, hecho significativo durante todo el período mosaico, que duró mil quinientos años, el hombre permaneció fuera del velo, y Dios permaneció oculto. Bien, el lugar santísimo representaba en figura el cielo, y el hombre está manifiestamente excluido. En la epístola a los Hebreos el Espíritu de Dios hace resaltar el hecho que durante la edad mosaica, cuando Dios exigía del hombre la justicia, el velo permaneció ante el tantísimo como la prueba solemne que el pecador no puede nunca efectuar la entrada al cielo sobre la base de sus propias obras. Fíjese bien el lector en esto: jamás un sér humano penetró detrás del velo para presentarse delante de Dios en virtud de su mérito personal o de sus obras de justicia. Consta, sin embargo, que en ciertas ocasiones entraba un hombre, un pecador, y permanecía unos momentos en presencia de la gloria de Dios. Una vez al año, en las solemnes fiestas de las expiaciones el sumo sacerdote pasaba del velo adentro y se presentaba delante de Jehová, como representante del pueblo de Israel (Léase el cap. 16 de Levítico). Mucho nos importa saber de qué manera logró él entrada en un sitio que era del todo inaccesible a los demás mortales. Rogamos al lector que se fije seriamente en la explicación siguiente, porque en ella se descubre el camino de la salvación. ¿Cómo pues entraba el sumo sacerdote en el lugar santísimo? ¿En virtud de la obediencia del pueblo? ¿En virtud de’su fiel cumplimiento de la ley de Dios? Seguro que no. ¿Cómo entonces? ¿En virtud de los esfuerzos concienzudos o las buenas intenciones de cumplir la ley? Nada de eso. “En el segundo tabernáculo entraba sólo el pontífice un* vex en el año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo.” Hebreos 9:7. ¡Cuadro singular! Al rededor del tabernáculo están congregados los millares de israelitas. El pontífice toma dos animales, un becerro por sí mismo y por su familia, y un macho cabrío por la nación. Los degüella, el becerro primero, luego el macho cabrío; y en seguida se efectuaba el ceremonial más significativo de la religión judaica. El sumo sacerdote Aarón echa un poco de la sangre del becerro en una vasija; luego, envuelto en vestiduras blancas, penetra en el lugar santo, y atravesándolo llega al velo, lo agarra con la mano, lo levanta y entrando se para en la presencia de Dios. Allí está en medio de nubes de incienso emblemático del valor personal de Cristo. Alrededor de él todo es de oro, símbolo de justicia divina. El arco es de oro; igualmente la cubierta, los querubines, el incensario. De entre los querubines resplandece la gloria de Jehová entronizado. (Salmo 80:1). La justicia de Dios y el pecado del hombre se encontraron. . . . ¿Qué sucederá? ¡Mirad! El sacerdote moja el dedo en la vasija que lleva; lo levanta enrojecido con la sangre de la víctima. Una vez sobre la cubierta del arca, y siete veces delante de ella esparce de aque- Ha sangre con el dedo. No hay más ,qué hacer. La sangre está delante de Dios. Ni una oración brota de los labios temblorosos del adorador; la sangre habla con voz potente. Ni una excusa ofrece por el pecado; ni un voto, ni una promesa de enmendarse; la sangre hace la expiación. ¡Maravillosa'es la lección que se nos enseña en el santuario! Aquí una vez por siempre se nos revela el fundamento de la reconciliación. Obras de justicia nada valen aquí; es por sangre, y sólo por sangre, que el hombre pecador es admitido en la presencia de Dios. El sumo sacerdote, pecador y representante de un pueblo pecador se acercó a Dios con sangre que 'puso ante su vista, confesando así que es justo para con Dios exigir la expiación del pecado; y por el mismo acto satisfizo la justicia, pues la sangre rociada representaba una vida inocente sacrificada en expiación del pecado. En virtud de aquel sacrificio, él, pobre pecador, totalmente desprovisto de justicia propia, se presentó ante el trono de la gloria, exento de juicio merecido. Teniendo en cuenta que el lugar santísimo era figura del cielo, deducimos de este ceremonial otra importantísima enseñanza: consideremos con atención quiénes son los que se encuentran en el lugar santísimo. Dios, ángeles y el hombre. Aquí hallamos una preciosa revelación de los consejos divinos. Los ángeles moraban con Dios antes de la creación del hombre. Después de la creación sucedió la caída del hombre y su expulsión del paraíso. Luego, poco a poco Dios descubrió su bondadoso propósito de introducir al hombre en el cielo. Allí, en el lugar santísimo del tabernáculo, Dios pone ante nuestros ojos un cuadro que refleja el cielo futuro. Allí vemos a los querubines representantes de los habitantes primitivos celestiales. Entre las alas extendidas de los querubines, sobre la cubierta del arca de oro, Dios está entronizado: y en la presencia divina está un hombre, un pecador. ¿Cómo pudo entrar allí? El Espíritu Santo dice: No sin sangre. Los ángeles podían estar allí sin sangre, pues no conocieron el pecado. No así el hombre caído. Y ahora en la misma presencia de Dios se proclama la solemne verdad que el pecado no puede ser expiado sino por sangre; que no obstante $1 divino propósito de in troducir al pecador en el cielo, es la sangre, y únicamente la sangre que lo habilita para tal lugar. Pero, como hemos notado ya, todo esto fué hecho por figura; pues, en realidad, la sangre de animales no puede expiar el pecado, como lo demuestra la constante repetición de los mismos sacrificios. Ahora llamamos la atención del lector a las siguientes citas de las Sagradas Escrituras: 3. Jesucristo. “Jesús, habiendo otra vez exclamado con gran voz, dió el espíritu; y he aquí, el velo del templo se rompió en dos, de alto a bajo.” Mateo 27:50, 51. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo, por el camino que él nos consagró, nuevo y vivo, por el velo, esto es, por su carne; y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, lleguémonos con corazón verdadero.” Heb. 10:19-22. Lector, el velo está desgarrado. El camino de la presencia de Dios está descubierto, y no sólo para el sumo sacerdote de Israel, sino para el peor pecador de la tierra, sea judío, cristiano o pagano. ¿Cómo fué abierto el camino? ¿Acaso por nuestras oraciones, nuestras lágrimas, nuestras buenas obras? Nada de esto, sino por la muerte expiatoria del Hijo de Dios. Lo que nunca hubieran conseguido los esfuerzos unidos de todos los mortales, lo hizo una vez para siempre la sangre de Jesús, ¿Qué mano rompió el velo? ¿Mano de hombre? No. El momento en que murió Jesús, la mano poderosa de Dios rasgó el velo que por siglos lo había ocultado a los ojos del pecador. ¡Testimonio sublime de la satisfacción perfecta ofrecida por la víctima del Calvario! ¡Momento sin igual en la historia de la tierra! ¡Maravillosa obra, maravilloso resultado! Publíquese la bendita nueva por toda la tierra. La mano de Dios rasgó el velo. La barrera entre el pecador y el cielo ya no existe. La edad mosaica ha terminado; el pecado ha sido expiado; la reconciliación es efectuada; la gracia reina por la justicia para vida eterna por Jesucristo, Señor nuestro. Así queda suprimida la distancia entre Dios y el hombre, y pecadores lavados con la sangre, obedeciendo al llamamiento de la gracia divina, son