10 El Mensajero Juvenil El Mensajero Juvenil 11 admitidos sin temor en la presencia de Dios para adorarle. En suma, aprendemos que el pontífice era admitido en el lugar santísimo en virtud de la sangre de una víctima. Anticipando el sacrificio del Calvario, Aarón metía en el santuario de Jeho-vá la sombra de la obra expiatoria de Cristo; y en virtud de ella, se presentaba delante de la gloria divina. Mas sólo por un momento; pues terminada su tarea, tenía que retirarse en seguida, tomando de nuevo su posición rutinaria fuera del velo. La sangre de Jesucristo consagró un camino nuevo y vivo, por el cual el peor pecador puede llegarse a Dios y permanecer por siempre en su presencia. Por su propia sangre Cristo entró al cielo como Salvador de perdidos pecadores, como sumo sacerdote de los herederos de la redención eterna. ¡Hermosa y significativa palabra! El Redentor nos libró del poder de la mueite y del juicio, y nos dió un lugar de eterna seguridad al abrigo del Altísimo, al amparo de su gracia soberana. Y ahora las sombras se desvanecen: la ley, el sacerdote y el tabernáculo desaparecieron. La gracia reemplazó la ley, Jesús substituye a Aarón, y el cielo, no un tabernáculo terrestre, es nuestro centro de atracción. En culto espiritual los redimidos ahora se acercan a Dios, y lo adoran sin temor; pronto, en la resurrección una multitud que nadie puede contar, entrará en las regiones de luz perpetua, cantando el nuevo cántico al Cordero que fué inmolado, cuya sangre nos redimió. Lector, a la vista tienes los dos caminos: ¿A dónde estás viajando? Si eres impenitente, tus pecados te conducen al infierno: nada s;no la sangre de Jesucristo puede abrirte las puertas del cielo. ¿Con qué piensas purificarte para ir al encuentro de tu Dios? No olvides la saludable enseñanza de las Sagradas Escrituras que acabamos de exponer: La sangre de Jesucristo, Hijo de Dios, es la que limpia de todo pecado. Medítalo bien: pues tu destino eterno pende de tu decisión. Puedes dudar del testimonio de Dios, puedes descuidarlo, puedes rechazarlo; pero por medio de esta plática, Dios te está hablando, y sería locura desatender a su voz. El te dice que eres pecador bajo condenación acercándote cada día más al abismo de la perdición; y, señalando la sangre de la expia ción, te proclama la reconciliación efectuada por la cruz de Cristo. Humíllate a sus pies confiado en el valor infinito de su muerte expiatoria, y la paz con Dios será tu porción por siempre. Escuchad vosotros, los indiferentes, el día de la ira se acerca y ¿en dónde os refugiaréis? No hay otro abrigo de la ira venidera que la sangre de Cristo. Buscad ese refugio sin demora, o tendréis que lamentar vuestra ceguedad y locura durante los interminables siglos de la eternidad. Y vosotros, oh menospreciado-res, escuchad el testimonio que rinden los siglos pasados al valor inestimable de la sangre de Cristo. Dinos, Abel, segundo hijo de Adam, ¿cómo hallaste favor con el Dios que echó a tus padres del paraíso? Por respuesta, la historia inspirada nos señala la escena admirable que se desarrolló hace seis mil años, fuera de los portales del paraíso cuya entrada guardaban los querubines y la espada encendida. Al lado de un altar rústico aparece un hombre sujetando un corderito. Un cuchillo reluce en alto por un instante y desciende sobre la víctima; la sangre es derramada, y el cadáver quemado sobre el altar. Maravilloso es el resultado de aquel primer sacrificio. El que se acercó a aquel altar como pecador, se alejó un hombre justo a los ojos de Dios (Léase Hebreos 11:4). Alzad las voces, vosotros, altares de Noé, de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Israel; gritad y anunciad a los ciegos menospreciadores de la sangre de Jesús, que “sin derramamiento de sangre, no se hace remisión.” Que la sangre sobre el altar, era la base de la comunión de los patriarcas con Dios. No sin sangre, repiten los esclavos del altivo Faraón, la negra noche de la pascua, al esparcir la sangre sobre el dintel y los postes de sus habitaciones, a fin de librarse del ángel destructor. No sin sangre es el testimonio del soldado brutal cuya lanza abrió el costado del Cordero de Dios. Ahora está consumada la obra de la redención; la víctima fué ofrecida; el fuego del altar está apagado; los portales de la gloria están abiertos de par en par y Dios desde el trono eterno proclama al mundo de hombres perdidos: “En virtud de esa sangre, vosotros podéis en^ar.” Sesión Doctrinal—La Iglesia y el Individuo. (Léase el Salmo 122.) Diciembre 20, 1925. LECTURAS DIARIAS Lun. Die. 14. El Ciego Sanado. Juan 9: 1-16. Clave: V. 11. Mar. Die. 15. El Buen Pastor. Juan 10: 1-18. Miér. Die. 16. Lázaro Resucitado. Juan 11:32-44. Clave: V. 26. Jue. Die. 17. Un Buen Testigo. Juan 11: 45-53; 12:9, 10. Clave: V. 45. Vier. Die. 18. Querríamos Ver a Jesús. Juan 12:12-33. Clave: V. 24. Sáb. Die. 19. Cristo Enseña la Humildad. Juan 13:1-15. Clave: V. 15. Introducción. Hemos estudiado ya la misión amplia y de gran alcance de la iglesia y debemos considerar ahora esta misión más en detalle. Principiaremos, por lo tanto, por donde Jesús principió—con el hombre solo, porque Jesús, en todo su ministerio, buscó al hombre individualmente. Predicó acerca del reino en el cual todos deben servir a Dios y hacer su voluntad, pero este reino es realizado solamente cuando los hombres individualmente dejan que Dios reine en ellos. El plan de Jesús para ganar al mundo era ganar la fe de los individuos. Y por más extensa que podamos conceptuar la obra de la iglesia, debemos volver siempre a su tarea fundamental, que es la de ganar individuos para Cristo y prepararlos para los deberes de la vida cristiana. Con demasiada frecuencia instamos las exigencias de nuestra iglesia sobre sus miembros, como si el individuo existiera solamente para la iglesia. También cometemos el error de sostener nuestras iglesias para los fuertes y quejarnos de los débiles. Esto es una equivocación. Originalmente la iglesia es Cara el hombre lo mismo que el hom-re para la iglesia, y es para el débil y simple lo mismo que para el fuerte. Con cada individuo en particular la iglesia tiene un deber, ya esté ese individuo en su membresía, o meramente a su alcance. Veamos entonces, primero, lo que la iglesia debe al individuo, y segundo, lo que el individuo debe, a la iglesia. 1. La Iglesia y el Individuo. (1) La iglesia debe ser un hogar para cada uno de sus miembros y ciertamente para todos los creyentes en Cristo Jesús. Debe ser un lugar en donde pueda encontrarse descanso para el alma, donde abunden la amistad, la simpatía y el amor, donde él pueda ser apreciado y entendido, y donde sean posibles las confidencias más sagradas. Debe haber siempre un lugar en donde el alma humana pueda encontrar un refugio terrestre en su necesidad. Nuestras iglesias deben realizar en su plenitud el espíritu de Jesús cuando dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados, y cargados, y yo os haré descansar.” Si la iglesia viene a ser un club para unos cuantos, o un corrillo social, está fracasando en su misión. Debe ser un hogar para ricos y pobres, jóvenes y viejos, débiles y fuertes. (2) La iglesia debe ser una inspiración para cada individuo. La reprensión es necesaria, la admonición esencial, y la exhortación imperativa; pero la obra principal de una iglesia es inspirar a sus miembros a llevar una vida mejor. Esta inspiración viene por medio del servicio público—y un servicio público que no inspira, no es lo que debe ser— por medio de la conversación fraternal y la comunión, y por medio de labores comunes. Dejados solos los mejores de nosotros se harán fríos e ineficaces; necesitamos del compañerismo y de la comunión. Es el deber de toda iglesia ejercer una vigilancia sobre los desalentados para animarlos. La iglesia debe interesarse mucho en los indiferentes y buscarles íju remedio haciendo mejor su propia vida más bien que culpando al hombre.