24 El Mensajero Juvenil ' esta bondad no es nada; el crecer y al mismo tiempo conocer más su corrupción; el madurar en la excelencia, y como el trigo, inclinar la cabeza cuando está llena de fruto— eso es la cristiandad.”—F. W. Robertson. “La humildad genuina, como la experiencia de todos los siglos comprueba que es la virtud más rara, porque es la más difícil, y es la más difícil porque exige el más absoluto desarraigo del yo de nuestra vida.” —Smith. “La humildad es una virtud que todos predican, que ninguno practica, y sin embargo, que todos contemplan con satisfacción. El Maestro cree que es buena para el siervo y el siervo para el maestro; el laico para el clero, y el clero para el laico.”—Selden. “Es fácil mirar desde, arriba abajo a los demás; pero el despreciarse a sí mismo es lo difícil.”—Lord Pe-tersborough. Un Guía Seguro. Un experimentado guía que conducía a muchos viajeros por los Alpes, daba estas instrucciones: “1. Obtengan un guía. 2. Obtengan el mejor guía. 3. Adquieran un guía que haya sido bien probado. 4. Cuando lo hayan encontrado, asegúrenlo inmediatamente. 5. Confíense sin reservas a su guía. 6. Hagan exactamente lo que él les diga; hagan lo que él haga; pisen donde él pise; párense donde él se pare; prosigan cuando él prosiga.”—G. B. Hágase la aplicación práctica. Consiguiendo Lugar. Una vez D. L. Moody consiguió un excelente alojamiento en un hotel que estaba completamente lleno. Se encontró allí con un pasajero que había sido compañero de viaje, y éste exclamó: “¿Cómo hizo usted para conseguir alojamiento? Me dicen que no hay ni un solo cuarto vacante.” “Muy fácilmente” replicó Moody, “les telegrafié de antemano diciéndoles que venía.” Debemos “telegrafiar de antemano” y hacer que se registren nuestros nombres en el libro de la vida, si deseamos encontrar lugar para nosotros en el cielo. Una Costumbre de los Judíos.— En Palestina era necesario lavar los pies con mucha frecuencia, y era uno de los requisitos de la hospitalidad. No había banquetas, no acostumbraban ponerse calcetines y las sandalias que eran una especie de “huaraches,” se dejaban fuera de la puerta al entrar en la casa. El polvo, caliente y mezclado de cal, quemaba los pies y era necesario lavarlos para quitar el dolor así como el polvo. Por tanto tenían a la mano todo lo necesario para este acto de hospitalidad. La ablución se hacía por algún criado, o por los hijos de la casa, como un deber de amor, y se consideraba como uno de los servicios más humildes. Camino del Cielo.—En una calle de las grandesi ciudades de Europa estaba un pobre muchachito vendiendo fósforos. Acercósele un caballero preguntándole por cierta calle. El muchacho lo sabía perfectamente, y se lo explicó con tanta claridad, que llamó la atención del caballero. —Oye—dijo éste al niño;—si me puedes explicar tan bien el camino del cielo, te daré una peseta. El muchacho quedó sorprendido por un momento. Pero solía ir a la escuela dominical y había aprendido un texto que de repente le vino a la memoria. —Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida: nadie viene al Padre sino por mí”—dijo el muchacho. El caballero le dió conmovido la peseta. Un poco después el niño detuvo a un hombre, diciendo: —Si usted quiere darme una peseta, le diré el camino del cielo. Sorprendido el hombre, le contestó: —Bueno, hazlo. —Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” —Muy bien—dijo el hombre;— hace muchos años que voy por el camino de la perdición; pero creo que su camino es el verdadero. Este era el camino de mi madre. Alguien se interesó de este niño y le educó. Entró él mismo en el camino del cielo y al cabo de algún tiempo fué enviado como heraldo del Evangelio a proclamar el verdadero Camino en tierras lejanas a los idólatras.—Revista Homilética.