El Mensajero Juvenil gratitud y que si ésta es sincera, no debe permanecer encerrada en el fondo de nuestras almas, de donde debe brotar, sino que debe expresarse gozosa y abiertamente ante los demás, para que sepan todos los hombres que nos deleitamos en Dios. Pero no es esto todo, sino que debemos unirnos con los demás en este servicio de alabanza. Por tanto, no debemos permanecer aislados alegando que podemos alabar a Dios en nuestras casas, sino que debemos unirnos con las multitudes en el culto para bendecir y alabar a Dios “porque es bueno, y porque para siempre es su misericordia. ” Jehová es Dios omnipotente y es poderoso para salvarnos; él es nuestro Creador, y en su Hijo está nuestra esperanza de salvación. Si tenemos vida es porque Dios, en su infinita misericordia nos la concede; él vela por nosotros y él nos sustenta con solicitud paternal. ¿No tendremos entonces motivos para darle gracias públicamente uniendo nuestras voces a las de aquellos que sienten sus almas rebosantes de gratitud por las misericordias del Señor? El que no esté presto para alabar y bendecir públicamente al Señor, no es un buen cristiano. El mundo necesita que el pueblo de Dios testifique de su fe en masa para que vea que forman una agrupación fuerte y unida por los lazos de la convicción más profunda y del amor más sincero. Los que se aislen de sus hermanos en la fe, llevan el riesgo de dejar debilitar su fe, porque necesitamos de la comunión con los demás para darle la fuerza de la fraternidad y de la simpatía. La experiencia nos ha enseñado, además, que los cristianos más atentos y cuidadosos son los que se congregan regularmente con sus hermanos en los templos. La asistencia a los cultos es uno de los medios más poderosos para nuestra instrucción religiosa porque estamos en contacto estrecho con aquellos que han tenido más oportunidad que nosotros para estudiar a fondo las verdades de la Palabra de Dios, las cuales fortalecemos en nosotros con sus consejos e instrucciones. 4. El Cultivo del Espíritu de Gratitud. Nada debe entristecernos más que el que se nos señale como ingratos. Cristo, cuando sanó a los diez leprosos, lamentó que sólo uno hubiera vuelto a glorificar a Dios públicamente. El cultivo del hábito de la pública gratitud en compañía de los demás cristianos, exige que matemos el hábito miserable de ver con envidia lo que otros tienen, y lo que nosotros no tenemos. Muchos tienen el hábito de ver el lado obscuro de sus experiencias y nunca el lado brillante de ellas. Además tenemos que reconocer, y con tristeza, que las cosas buenas que tenemos en nuestra vida diaria, las consideramos casi siempre como simples cosas ordinarias que nos deparan nuestro trabajo o nuestro propio esfuerzo, sin que pensemos nunca que las tenemos por la voluntad d^ Dios. Cuando nos sentimos agobiados por las enfermedades, ¡con cuánto anhelo pedimos el restablecimiento de nuestra salud! y si Dios nos lo concede, ¡cuán agradecidos nos sentimos! Pero una vez que entramos de nuevo a la plenitud de la vida y la salud, por años quizás, olvidamos nuestra gratitud a Dios. No pocas veces nos ha tocado estar a la cabecera de algún hermano enfermo, y en varias ocasiones hemos oído decir, especialmente a los jóvenes: “Si Dios me concede la salud, seré buen cristiano y me dedicaré a su servicio.” Y la salud ha venido, pero no ha venido la dedicación al servicio de Dios en concierto con los demás, porque los pacientes, sanos ahora, continúan alejados de los que se reúnen en el templo para alabar y bendecir a Dios. Si queremos pues, cultivar el hábito de asistir a los cultos, debemos, como punto de partida, cultivar el hábito de la gratitud a Dios. Es un hecho que el Reino de Dios entra primero al corazón, como dijo un viejo predicador, y necesitamos alimentar este aspecto de la religión si no queremos alejamos para siempre de la comunión con Dios. El desarrollo del carácter cristiano no puede estar completo sin el cultivo del hábito de la asistencia a los cultos, lo cual eleva y dignifica al cristiano. Los himnos, la lectura de la Biblia, la predicación y las oraciones, desempeñan un papel importantísimo en el perfeccionamiento de nuestro carácter cristiano. Las iglesias tienen que estar luchando siempre para traer de nuevo a los miembros resfriados que se han El Mensajero Juvenil alejado de los cultos, y es bueno que se insista, con los que hacen tal trabajo, en que deben primero hacer que se fortalezca en sus corazones el sentimiento de su gratitud a Dios. Ganado así la voluntad de ellos, se les lleva fácilmente a la aceptación de su asistencia y colaboración en el trabajo de la iglesia como una prueba de su gratitud. 5. La Casa del Señor. Es el centro de unión de los ciudadanos del cielo; está caracterizada por unidad, orden y fuerza; es el centro de unión también para otros, y la unanimidad de ios que en ella se congregaron es un testimonio para Dios y una forma de alabanza a él. Es ella una fuente de justicia y rectitud y debe, por lo tanto, amársele y respetársele devotamente. Con razón dijo el salmista: “Yo me alegré con los que me decían: a la casa de Jehová iremos.” Pero tal alegría es muy rara en nuestra época. Muchos no asisten a los cultos; otros muchos van tan pocas veces como es posible, y no pocos de los que van, examinando sus corazones, encuentran que no van con el gozo que debía impulsarlos. Si analizáramos los sentimientos de los congregantes, encontrariamos que algunos van impulsados sólo por el sentimiento de su deber como cristianos, o la necesidad que sienten de sostener una reputación como religiosos, o el deseo de poner un buen ejemplo, o el temor de que nuestra conciencia nos reproche nuestra apatía, o algún otro motivo, pero ajeno al verdadero, que es el del gozo que debe hacernos experimentar nuestra profunda gratitud a Dios. Sin embargo, la asistencia al culto debe ser gozosa porque es en el servicio de Dios; porque el templo es el lugar escogido por Dios para reunirse con la compañía de los santos, y porque es el lugar en donde él bendice a manos llenas a los que a él se acercan. 6. Cristo y la Asistencia al Culto. Como ya se ha dicho, en los tiempos novotestamentarios Cristo nos dejó el ejemplo del hábito de concurrir a los cultos. La Biblia nos dice que Cristo tenía la costumbre de entrar a la sinagoga especialmente el día de descanso. Ahora, si Jesús, siendo el Hijo de Dios, participando __________________________________5 de su propia naturaleza de santidad y de pureza cultivó el hábito de asistir al culto, ¡cuánto más deberemos hacerlo nosotros, pobres criaturas pecaminosas! No andamos lejos de la verdad al afirmar que los que son indiferentes en lo que la asistencia a los cultos respecta, están bajo la influencia de una gran tentación, la cual, así como los ha alejado de la casa de Dios, será poderosa, con el tiempo, para arrancarlos de la fe bendita en Cristo. Ellos no saben lo que están perdiendo en su edificación cristiana con tal actitud, ni han visto que el hábito de congregarse con el pueblo de Dios en la casa del Señor, ha salvado a muchos de las tentaciones del mundo, de la perdición que quiere hacerlos sus víctimas, y está dirigiendo sus pasos por el camino de la rectitud. 7. Los Resultados. Muy favorecidos son los que han cultivado el hábito de congregarse para el culto con gozo, considerando por lo tanto la asistencia a la casa de Dios no sólo como un privilegio incomparable, sino como una suolime delicia. Los resultados de todo esto son múltiples porque queda incluido el individuo, siendo en lo que a él respecta un testimonio de la realidad de su fe en Dios, la cual está llena de inspiración divina que no queda en un puro sentimiento,'sino que viene a manifestarse en sus hechos y en su vida, siendo así un poderoso medio para su santificación. Está incluida también la iglesia porque los que asisten a sus servicios sDn los promotores de su engrandecimiento y prosperidad. Está incluido ce igual manera el mundo porque son testigos del amor de Dios y del gozo que se encuentra en su servicio. Y por último, y lo más grande y bendito, es que Dios mismo se incluye en los resultados porque en tales cristianos se glorifica el nombre de Dios. Hagamos ver a todos los indiferentes que encontremos en el seno de nuestras iglesias, que están perdiendo sus oportunidades; que cualquiera que sea nuestro estado de ánimo, la casa de Dios es un «substituible lugar para nosotros, con los demás cristianos, porque si estamos gozosos, manifestaremos públi?amcnte nuestra gratitud al Señor, y si alguna pena nos aqueja, es allí en donde podre-