41 LA VIOLETA. grandes pruebas de la vida como esposas, como hermanas, como hijas como madres o como amigas; espiri tuales ó finas, tiernas ó románticas, altivas ó despreocupadas, sus defectos están ocultos, y sus buenas y be lias cualidades puestas de relieve, parecen en las obras del celebre trágico ingles, como hijas de un padre tierno como prometidas de un apasionado amante,” Pero me he apartado del verdadero objeto, cual es tan solo el de es-presar la impresión que produjo, en mí el hallazgo de la perinola. Me acuerdo cuando con mis com-pañeras salía de la escuela los sábados y nos Íbamos para mi casa, y después de recitar aquel versito de no sé que autor que dice así: El sábado bonito, El domingo canela,, El limes me enojo Porque voy á la escuela. Volteabámos una salea al reves para rodearnos todas, á bailar las perinolas, hasta que caía el sol, para ir después al huerto á recolectar la fruta del mesquite, y comer otras muchas frutas silvestres. Causa risa acordarse de aquellas puerilidades. Cogíamos las hojas del grangeno nos frotábamos las mejillas y helas aquí al punto color de rosa, nuestro mayor deseo. ¡Qué de actos inconsientes se cometen en la niñez! Y es, que desde esa edad, se va desarrollando en la milj la coquetería, porque ya comprendemos que la coquetería es una y el coquetismo es otro. La coquetería según María del Pilar Sinués del Marco, es, la limpiesa, el deseo de agradar con cualquier adorno sencillo á la persona que nos ama. Y, es también la niña del pueblo, en muchas cosas, igual á la mujer de corte. Quien podrá imaginarse que entre aquellas criaturas hay almas, que son emblema de lo bello y de lo sublime, que derraman sus vividos fulgores sobre todo lo que las rodea; recibiendo en cambio de tanta gracia, los dolores y las miserias propias de la humanidad. Que diferentes son ¡os juegos de la Villa á los de la Ciudad. En lugar de perinolas tienen chicharras metálicas que aturden con su rúmbete y con las que se divierten en sus ratos de ocio: y mientras que nosotras pasamos el tiempo en derredor de aquel que entona una canción, canta ta ó seguidillas al compaz de su arpa destemplada, ellas so agrupan enfren te del piano á recitar un terceto de la zarzuela que oyeron en el teatro, y en las tardes no hacen como nosotras ir á la huerca, en busca de frutas silvestres y á ostentar el rojo de núes tras mejillas que una mano incauta, con una hoja tosca las frotara; en esa misma hora salen las niñas de la citi dad á cumplir con la etiqueta osten lando sus ricos trajes de magníficos colores qué la mano negligente y pulida de la moda les proporciona. Agapita C. de Cisneros. Monterrey, Agosto de 1893. £a[qeQtos. Yo quisiera en mil pedazos Arrancar mi corazón ¡Qué se oiusque la razón Y se pierde el sentimiento! Que la pena que yo sufro liase ál cuerdo delirar. En terrible batallar Y trastorna el pensamiento. Ya no quiero de esta vida Ni los míseros despojos, Porque arrancan á mis ojos Más que lágrimas, raudal. De quietud un solo instante