30 de Noviembre, 1924. REVISTA CATOLICA 801 DE TAL PALO TAL ASTILLA NOVELA POR D. JOSE M. DE PEREDA. _____________ III. LA COMISION DEL DOCTOR ( Continuación) —¡Mal te vaya, animal de bellota!—murmuró Macabeo. —Se estima el aprecio, hombre—respondió el otro, ya junto a Macabeo, con su voz cencerruna- —Pues mira, Bastión: nadie te espera en el pueblo. —Lo sé; pero yo he venido porque quería venir, y el que no me vea de buen ojo, que le cierre. —¿Dónde has pasado la noche? —En Pero jales, tan guapamente. Caía la tarde cuando llegué; amenazaba el trueno, y díjeme "no paso la hoz”. Narices tuve, porque aquello fué de lo poco que se ha visto. —¡ Qué lástima, hombre! —¿De qué, Macabeo? —De que te hubiera cogido la tormenta en a-quella santimperie. —Eso digo yo. Una desgracia sucede en un credo ; y luego...¡ Dios...! esta mañana madrugué, y aquí me tienes. —¿A pié has venido? —Desde el tren, tan guapamente. El ahorro me sirvió para el pienso de anoche, y aún me queda grano...para lo que yo me sé. —¡ Y también yo, caráspitis!... ¿ Por qué no pasaste la hoz? —¡ ¡Otra te pego!..,, ¿No te lo he dicho?—. Porque olí la quema. —¡ Por vida de la nariz!„__ Pues mira, Bastión: tu tío no te espera. —De voto de mi tío, no saldría yo de Santander hasta que pudiera entrar en Valdecines hecho un caballero. ¡ Mira tú si es fantesía de hombre!... Con que, ya hablaremos, que- me voy a verle. —¿A quién? —A mi tío. —No está en su casa. —¿Pues en dónde está? —Aquí. —Entonces subiré—— —No se le puede ver ahora. —¿Por qué? —Porque... Pero... alma de cántaro, ¿tú no sabes lo que pasa? —Ni pizca, Macabeo. —¿No has oído las campanas? —Sí que las he oído; pero, la verdá, no se me ha ocurrido preguntar por quién era el toque. ¿Quién se murió, Macabeo? —Doña Marta- —¿Cuándo? —Anoche. —¿Y de qué, hombre? —¿Y a ti qué te importa? —Es de razón, Macabeo. —¡ Con que figúrate la falta que haces acá, Bas tión! —Más de lo que tú piensas, Macabeo. —La de los perros en misa...Vuélvete, Bastión, por donde has venido,,,, ¡cuando yo te lo a-consejo!... —Hombre, y a ti ¿qué te va ni qué te viene con que yo me vaya o me quede? ¡ Pues me he dado flojo trote desde ayer para que, sin más ni más, tome el consejo tuyo!... ¡Vaya con el consejero de chanfaina! —Miro por ti, Bastión... Y por último—añadió Macabeo en un cambio súbito de humor,— i que te quedes o te marches, o te parta un rayo por el medio, no se me importa una alubia! Esto dijo, y se encaminó a la portalada, aunque no llegó a abrirla. En cuanto a Bastión, se encogió de hombros por toda despedida de Macabeo, y echó calle abajo. Pasó luego por otras, también formadas por tapias de huertos y solares, cuáles revestidos de hiedra, cuáles exhalando la fragancia delicadísima de la ya florida madreselva; a-travesó dos corraladas abiertas; ladráronle otros tantos perros, y entró, por último, en una casa que no era la de su tío. Macabeo, que le había seguido con la vista desde lejos, exclamó entonces, hiriendo otra vez el suelo con su garrote: —¡Caráspitis!----- ¿No lo dije? ¡Anda, perro,,,, ... ... gandul!----Pero no tienes tú la culpa. ¡ Si no fue- ra por respeto a lo que está pasando aquí, y a lo mucho que me duele !,„.,. ¡ Caráspitis, recaráspi-tis! Y asi entró en el corral, apaleando las piedras, y cerró los portones con estrépito. IV LA FAMILIA Mientras el doctor se acercaba a su casa por el camino de la hoz, por el opuesto subía, con i-gual rumbo, otro viajero, también a caballo. Hu-biéranse hallado frente a frente en lo alto de la meseta, pues casi a igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el recuesto que iba subiendo poco a poco. Así es que cuando apareció en lo despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del caserón, o, como si dijéramos en el patio del rastrillo de la fortaleza. Era el tal viajero gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, árabe de teatro, hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje de camino, y a la legua se echaba de ver que no eran las rústicas asperezas de Pe-i ojales las que producían tanto refinamiento y gallardía ^n una sola pieza. Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció,