3G LA VIOLETA. s. interpretan en el sentido contrario y viene á ser pasto de la murmuración, y juicio severo de una sociedad intransigente que falla sin conocimiento de causa, cual si cada uno fuésemos juez de las faltas agenas, sin cuidarnos de las propias que sin género de duda, se andan ventilando por el mismo tribunal de la murmuración ó la calumnia. Es una cadena no interrumpida. Preso es convencernos, y si nos guiamos por los juicios ó aseveraciones que se hacen de los demás, resultará que nadie es digno de aprecio: verdad que ningún ser hay perfecto, todos estamos sujetos á errores, y somos frágiles y débiles para combatir las pasiones que se arraigan en nuestro ser; y conociendo esta verdad ¿no podrá servirnos de norma para no pensar con lijereza? Antes de ver y comenter las faltas agenas, ya sean verdaderas ó falsas; df bemos ser juez de nosotros mismos: no tirar la piedra al tejado del vecino, que también el nuestro es de vidrio. Nuestra reputación está tan espuesta a empañarse que basta el más lijero soplo de la calumnia para opacar su brillo. El Divino Maestro dijo, al presentarle á la mujer adúltera: “El que de vosotros se encuentre sin pecado, tire el primero la piedra” y ¿quién dió principio? nadie, porque ninguno se encontraba limpio de corazón; y la maledicencia, el egoísmo, ese mal entendido amor propio, arroja no una piedra sino varias y las más de las veces no hiere al culpable que es lo más triste, cae sobre el inocente en quien se cierne la desgracia, llenándole de lodo y baldón, sobre su cabeza; y viviendo en el aislamiento y abandono en medio de una sociedad que lejos de comprenderle le empujan á seguir la senda que le ha trazada, siendo quizá la calumnia el presagio de su perdición. María Garza González. Amor1 mateíníi'i DE LOS A N 1 1M A L E Se Cierta mañana del mes de las flores, que así podría llamarle al mes de Mayo, después de haber aseado la casa y puesto de comer á mis pajaritos, adornando su jaula con flores campestres, como si esta manifestación de mi cariño hacia ellos quitase un poco el peso de su cautiverio; me propuse dar un paseo por el campo ya que tan hermosa mañana me invitaba á contemplar una vez más la bella Naturaleza. Conseguí permiso de mis queridos padres, llevando como único compañero á Rodolfo hermanito mió, que deseaba mucho hallarse en el campo para divertirse con las mariposas que, como sabía que se dirijían á chupalla miel de las flores, había hecho un ramillete de las que encontraba á su paso. Habiéndole visto; le pregunté para que quería aquel ramillete, y me contestó que para cojer las mariposas que allí debían de ir á parar y teniéndolas en su mano las cojería con mayor facilidad y luego irlas á ofrecer á nuestra mamá con mariposas clabadasal centro de cada flor. En contestación le acaricié una me jilla estampándole un beso, procurando animarlo á llevar á cabo su pen samiento ¡gracioso por cierto! Llegamos por fin al termino de nuestro camino, di permis.. a Rodolfo de vagar por el campo, permiso que me fué correspondido con una graciosa mueca de alegría. Mientras tanto yo me dirijí á una peña donde formé asiento bajo la hermosa copa de un encino que le servia de docel Al pié corría un manso arro-yuelo cuyo monótono ruido acompañado de los armoniosos gorjeos de los pájaros, formaba un contraste en extremo agradable á mis oidos como