Una brigada de bicicletas en campa ñr. en el cual flotan los velos de crespón de las mujeres como a manera de banderas inconsolables. He aquí al batallón sagrado de las madres, de todas las madres sin excepción. las resistentes y las agobia das. las destruidas para siempre y la» que resucitarán galvanizadas por el exceso mismo de sus dolores. Hay entre ellas algunas que. parecidas a los soldados honrados en muchas Ordenes del día. han sido heridas dos y tres veces, y que agota das, debilitadas .inmaterializadas, no están ya sostenidas sino por una es. pecie de extenuación virginal. Han cesado en sus quejas y sonríen i pero con una sonrisa dolorosa y santa de • Pietá”! Conozco algunas que han llegado a ese extremo de sublimidad completa, a esa cima de calvario, más allá de la cual no se puede ya concebir ni padecer nada peor---------Ya han terminado la ascención han pasado todos los escollos y el gran dizque del Sacrificio terrenal, y se ha 1' lian ya muy adelante, en el hmtu con otros mundos, en los océanos li-bres que bañan las playas del futuro .*• X Se pregunta uno cómo viven, y cí as mismas lo ignoran, ya no son sino llamas, lámparas, fulgores--—- Peí-manecen inmóvifbs en mansiones que tienen las ventanas semi-cerradas, sentadas en estancias pequeñas que se han hecho inmensas--------------- bron- ces de valor y mármoles de desolación, estatuas funerarias palpitantes; o bien arrodilladas como donatnces de un viejo tríptico bajo el riguroso tocado de duelo que les oprime las sienes. Y en efecto, lo han dado todo, han dado lo mejor de ellas mismas, más todavía, puesto que la ofreM da ha sido de lo que les era mas amado, más que si se hubieran entrega do en persona. En torno dé estas mártires ya co-' roñadas, se agrupan las otras madres, aún no sacrificadas, y las esposas, las hijas, las prometidas, Jas hermanas, cuyas plegarias han sido escuchadas hasta ahora: y que soberbias de confianza obstinada en sus esperanzas, se han ya acostumbrado a desafiar la angustia. Estas se baten en realidad de día y^de-jnoche y se mantienen firmes sin retroceder jamás._______ Y hay también niños que aún no están hechos hombres, los pupilos del hogar, demasiado jóvenes para que se les acepte allá, yo^uienes desearían tener siquiera uno o dos años más para ir a lanzar voces y recrearse en los campos de batalla. Y hay los padres, quienes desde que el hijo está prisionero, se sienten cautivos, perdidos, sin apetito. Finalmente, además de sus soldados, de sus heridos, de sus mutilados, el otro ejército cuya revista pasamos, tiene sus, muertos. Los vemos desplomarse tejos del combate; pero como si estuviesen en él. ¿Cuantos son los que en silencio, sin hacer uso de las armas, tendidos en su lecho, mueren no obstante y seguramente a causa de la guerra y como si hubiesen caído en la zona terrible? ¿Aquellos que no sobre viven la pérdida de un combatiente para el cual vivían? ¿Aquellos que no soportan la amputación de un. miembro de la familia? ¿Aquellos ctfya sangre se hiel,a, a cien leguas de distancia por el paso de un obús determinado? ¿Aquellos que aj mismo tiempo que un marino de “Gambetta” o del ‘Bouvet’ se van a pique, sumergiéndose en olas incom- prensibles? ¿Aquéllos que desaparecen a causa de un desaparecido? ¿Los que se van por no haber podido recibir noticias?. Aun cuando lancen el - último suspiro lejos de los países devastados, se puede decir exactamente de la mayor parte de, ellos*, que han caído en Beauséjour, en Vauquois, en Yser. en Oriente—— Ellos merecían también que se pusiese en su féretro una bandera tricolor, porque . han muerto “frente al enemigo”, territoriales paternos, heroínas de la maternidad, todos hijos de la patria.. Y después, ¿olvidaremos a los tiernos, a los frágiles, a los que fuera de toda herida directa mueren a causa de la guerra, por exceso de sensibilidad, por delicadeza de alma, como si fuese para ellos la única manera digna dé' cumplir su deber? Demasiado estremecidos o demasiado vibrantes bajo los golpes alternados del entusiasmo y del horror, se rompen en pedazos como el -cristal. No habían sido hechos para la crueldad de estos tiempos magníficos. Y ahora saludemos i con respeto, con piedad/-a los últimos muertos, a tos ancianos que lai'-ffiterra- termina, cuyos cabellos liabían^ncanecido en la paz después de años bien ^largos! No obstante su edad, hubieran podido vivir aún un poquito más------Per-, la guerra vino--------- Habían permanecido erguidos, y de un día para el otro, sin recriminaciones, se encorvaron rápidamente hacia la tumba, con la sola pena de no durar ló bastante, decanos de otro ejercito para morir de un ataque de te-licidad en la apoplegia de la victo-ría. _____y HENRI LAVEDAN.