El Faro Dominical 21 nuestro Señor Jesucristo con un cordero que pasa por pruebas semejantes en el ultraje, en el insulto y por fin en la muerte, pero siempre callado, sin abrir su boca. Todos los poderes del infierno se confabularon para hacerlo ufrir, v quizá desesperar, pero él pasó por todos los aspectos de su obra sacrificial con un silencio y una mansedumbre celestiales. De la cárcel y del juicio fué quitado. O de otro modo, a Cristo Jesús se le negó toda justicia, y sin siquiera considerarlo como simplemente digno de prisión, se le llevó derechamente a la muerte. Ningunas razones tuvieron para proceder contra nuestro Señor. Y ya habiendo procedido en su con-tra, ninguna culpa p'- ’""ron arrojar en -u contra. La sentenc.a de muerte fué pues muy indigna y sin fundamento. Sin duda que eso significa claramente que se ie negó todo juicio y justicia También se nos dice que la sepultura de nuestro Señor se dispuso con los impíos. Todo esto es muy claro -i tenemos en cuenta la forma en que -e dispuso la impía ejecución de su ••ntencias sabemos que fué crucifica do entre dos ladrones, y si providencialmente no se hubieran movido José de Arimatea y Nicodemo a sepultarlo, no sabemos en qué forma se hubieran dispuesto sus funerales. Pero lo más probable es que si los ejecutores se hubieran encargado de su sepultura, ésta habría tenido lugar en alguna manera con la de los impíos que morían con él. Sin embargo, Dios movió el corazón de unos hombres acomodados para que se encargaran de la Sepultura del Señor. También nos habla nuestra lección sobre el resultado del sacrificio de nuestro Señor. Mirando el profeta hacia el porvenir, parece que divisa el alboroto de los pueblos que se congregan en torno del Crucificado, profesando su doctrina, siguiendo su ejemplo y glorificando su nombre. Este es el linaje a que el profeta se refiere. Cuando nuestro texto nos dice que él tendrá parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos, nos señala una conquista completa de Cristo Jesús sobre sus enemigos. El hecho de repartir despojos, es sólo el resultado de una completa victoria. Cristo es hecho ya Rey de reyes y Señor de señores, bendito por los siglos. SECCION PRACTICA ILUSTRACIONES El Sacrificio de Amor. En joven soldado, por una ofensa ué condenado a la pena de muerte, y la hora ordenada para su ejecución :'ué en el momento del toque de silen-io. Naturalmente tal muerte hubiera -ido terrible para cualquier joven; pero para este pobrecito lo era doblemente, porque se iba a casar con una bella señorita a quien amaba mucho. La -eñorita que también le amaba hizo cuanto pudo para evitar su muerte, fué a suplicar al juez y aún fué a ver a Cromwell, el gran general, rogándole que levantara la pena de muerte, pero todo fué en vano. En su desesperada condición procuró persuadir y sobornar al compañero para que no diera el toque de silencio, pero en esto tampo-tuvo éxito. La hora de la ejecución se acercó y se hicieron todos los preparativos. El oficial sacó al sentenciado y lo llevó al lugar de la ejecución y quedó esperando a que fuera la hora para el toque de silencio. Todos quedaron pasmados porque la campana no sonó; sólo un sér humano supo el motivo de aquello. T.a pobre señorita, medio loca de desesperación pensando en la terrible situación de su novio, había subido la escalera de la torre hasta donde estaba la campana y se cogió del badajo con toda su fuerza. El campanero estuvo en su lugar a la hora de costumbre, haló la soga que pendía de la campana y ésta principió a culumpiar La valiente señorita se asió con más fuerza del badajo y se columpió juntamente con la campana, a cada movimiento le parecía que iba a ser arrojada por la ventana de la torre. Cada vez que el campanero haló la soga, la señorita, aún en aquella desesperada condición, no se soltó del badajo aunque sus manos estaban adoloridas y sangradas y su fuerza agotándose. Al fin el campanero se fué contento de haber cumplido su deber. Siendo anciano y sordo, no notó que la campana no había sonado. La valiente señorita descendió la escalera, herida y temblando, y apresuradamente se fué del templo al lugar de la ejecución. Cromwell mismo estuvo allí, y cuando iba a mandar a alguien para saber el motivo por el que no había sonado la campana, ella le vió, y su frente antes pálida y con tristeza, brilló con espe-