94 LA VIOLETA. Jí/i ftOR Y EL' ^UCEF^O; Nació una flor cual ninguna, Por su atractivo inocente, Siendo su dichosa cuna Orilla de mansa fuente. Ella alzó su tallo leve Graciosamente ataviada Con su corola de nieve, Bajo la oscura enramada. Fresca, perfumada, abierta, De la alta noche en las sombras, Era una reina despierta Sobre las verdes alfombras. Pero al verse hermosa y sola, Inclinóse con desmayo A la fuente, cuando hirióla De lux bellísimo rayo. Un astro se reflejaba En el agua deliciosa, Y en resplendores bailaba A la solitaria rosa. Ora en cristal movible fíe agitaba; ora en sosiego. Con encanto irresistible Dardos lanzaba de fuego. ¿Quién no amara hechizo tanto Del celeste reverbero? La flor con púdico llanto, 4íYo te amo, dijo al lucero. “Toma de mis blancas hojas Esta gota de rocío Que de amor en las congojas Como una prenda lo envío.” Inmóvil, hora tras hora, Contemplaba en su delirio La imagen fascinadora Y luminosa de iSirio. En tanto que así gozaba, Extasiada no veía Que la fuente se agotaba Y el aguase consumía. Hasta que al fin los fulgores Viera tornarse en arena, En un suelo los amores, Y las delicias en pena. “Adiós, vida de ini vida,” Dijo, su cáliz cerrando; Y en tan triste despedida fíe iba el aroma acabando. Después la flor sin mancilla, Al impulso del ambiente Giraba seca A la oilla De la consumida fuent e Así el que ama una hermosura Que es de Dios, sólo el reflejo, Pierde y llora la ventura Que bella en efímero espejo. El amor que dicha encierra, Y es del hombre el dulce anhelo, ¡8u lux refleja en la tierra; Pero se encuentra en el cielo? María Santaella. Oaxaquefía. LAS AMIGAS. Por María Garza Gonzalez. (Contigua.) Terokra carta de Enriqueta. Linares, Abril de 1888^ Querida amiga:—No atribuyas á falta de cariño mi tardanza para escribirte con la regularidad que era de desearse, pues constantemente la nevralgía y otros males molestos, hanme privado de cumplir con un deber de amistad; además, me he visto precisada á cada mornen to á estar de viaje; por mi falta de salud el Doc* tor aconseja á mi esposo que me pasee y distraiga, con lo que, repito, me veo obligada, por decirlo así, á estar fuera de mi casa. Ahora acabo de llegar de una de las rancherías, propiedad de mi esposo, quien además de las prescripciones del médico, quiere que co^ nozca sus posesiones; asi es que andaré de aquí para allá sin tener un momento de reposo, espuesta siempre al molesto movimiento del coche y á las mal condimentadas viandas que se preparan en los caminos; yo me resigno y hasta aparento estar gustosa; pero en realidad no me satisface esta vida. Ultimamente asistí á los herraderos...¡ya verás que teatros y divercioncs se me proporcionan! ¡Qué entiendo yo de estas cosas? Y luego que soy tan nerviosa. ¡Presenciar un eepetáculo tan horripilante! Figúrate el ver aquellos hombres, tan espuestos al cojer los