268 REVISTA CATOLICA 20 de Abril, 1924. guarde; no temáis. Id a anunciar lo que veis a mis hermanos. *** No -eran solamente las piadosas y sencillas mujeres las que llevaban a la ciudad la palabra que había de conmoverla dentro de poco: también los guardias, al levantarse del suelo, al que cayeron como muertos, cuando vieron al celeste mensajero más luciente que el sol, que, llegándose a la piedra del sepulcro, la levantaba cual si hubiera perdido su gran peso, y dejaba descubierta la tumba vacía del Crucificado, corrieron a anunciar a los Pontífices, que les habían confiado la guarda del sepulcro, lo que acababa de suceder. Así, la gran palabra iba corriendo, por una parte -entre los discípulos, los hermanos de Jesús, como él se dignó llamarlos, y por otra entre sus enemigos, que habían logrado sellar sus labios, anunciadores de verdad, con la mordaza de la muerte. Los discípulos, amedrentados hasta entonces, que no hacían, al decir de unos de los Evangelistas, sino gemir y llorar, empezaron a cobrar ánimo con aquella ráfaga de luz que brillaba después de la tempestad. Pero -era tan grande la ventura que se les anunciaba, que no acertaban a creerla, y aun había quienes motejaran de delirios los sucesos que referían las mujeres. Cierto, que^ Pedro y Juan, al escuchar las nuevas que traían, 'corrieron a cerciorarse de ellas, y habían visto el sepulcro vacío, y doblados cerca de él los lienzos que habían servido de mortaja al cuerpo exánime de Jesús; pero, aun así, no acababan de persuadirse de que fuera cierto el hecho -estupendo que trocaba su orfandad en gozo y en victoria su vencimiento. También, en los palacios de Anás y Caifás, la palabra Resurrección comenzaba a agitar los á-nimos, no del todo tranquilos, como lo probaban las medidas tomadas para guardar el sepulcro. El relato de los soldados excitó la alarma de a-quellos hombres, que creyeron asegurada su victoria 'cuando, en la tarde del viernes, vieron sin vida al que hacía tres años arrastraba en pos de sí las turbas con su palabra y sus prodigios. A pesar de la gran solemnidad de la Pascua, convocaron el Consejo de sacerdotes y ancianos para deliberar lo que habría de hacerse, dado el nuevo rumbo que tomaba el asunto con la resurrección del Nazareno. Y los sapientísimos varones creyeron que, poniendo un candado de plata en los labios de los soldados de la guardia romana, quedaba conjurado el peligro de que el pueblo, voluble y tornadizo, volviera contra ellos las iras que hábilmente lograran excitar, tres días antes, contra su víctima; y en cuanto al hecho mismo de la resurrección, quedaría desvirtuado, propalando la burda fábula de que, estando dormidos los guardias, había sido hurtado por sus discípulos el cuerpo del ajusticiado. Entre incertidumbres henchidas de gozo y de esperanza transcurrió el día para éstos: entre vacilaciones preñadas de temores pasó para los je fes de la sinagoga, quienes el día anterior, el gran día de la Pascua, habían celebrado su triunfo, creyéndose vencedores en aquella lucha, en que el Hijo de la Virgen sólo había empleado las armas de la verdad, de la misericordia y del bien, que a raudales brotaban de sus labios, de su corazón y de sus manos; mientras que ellos habían esgrimido las innobles armas de la calumnia y de la traición, del odio y de la crueldad, en sus manifestaciones más repugnantes. Inverosímil parece que, ciertos ya de la resu-ilección de Cristo, por el testimonio insospechable de los mismos a quienes ellos confiaran la gualda del sepulcro, no reconocieron su error; si ante los portentos que, a su vista, se habían ve-iificado durante la predicación de Jesús, no se rindieron a la verdad; si resistieron rebeldes a los prodigios que acompañaron la muerte- de su victima; ahora, que no podían dudar de la prueba irrefragable que había ofrecido darles de su misión divina, deberían haber caído de rodillas, exclamando, como el Centurión: En verdad que este era el Hijo de Dios! Peí o no fué así: por un misterio de ceguedad y de endurecimiento, que se repite en todos los perseguidores de la Iglesia de Jesucristo, creye-lon que podrían atajar el carro triunfal de Aquél a quien ellos habían condenado a morir, en el suplicio de los esclavos. Mas, el carro de victoria del Key inmortal de los siglos, pasó por encima de la ciudad culpable; y se apagó el fuego de los sacrificios, y-enmudecieron las trompetas de plata del Santuario; y de sus soberbias torres y almenados muros, del Templo, que no tenía igual en la tierra, y de los palacios de oro y jaspe, no quedó piedra sobre piedra, como el mismo Jesús lo vaticinara. ~ n tanto que los restos del pueblo, que clamó por que la sangre del justo cayera sobre su frente, a-rrojado de su patria, va errante por el mundo llevando por doquiera la marca indeleble del deici-dio, como diciendo a las generaciones: Erudimini qu% ludicatis terram. Escarmentad, vosotros los que gobernáis la tierra. * * * Por la noche de aquel día de zozobras, ya no cabía duda a los dichosos discípulos del Crucificado. no era una ilusión de mujeres, fáciles de alucinarse por la fuerza misma del deseo. Pedro, y luego los dos caminantes de Emaús, y después los demás, reunidos en el Cenáculo, vieron y palparon al Resucitado. Surreccit, clamaban, surre-xit Domtnus^ vere; no es un delirio, no es ficción de la fantasía; realmente ha resucitado el Señor. Y tan benigno fué Jesús, que a uno de los discípulos más incrédulo que los otros, que protestó no daría fe sino a sus ojos y a sus manos, que palparan las heridas de la lanza y de los clavos, en las manos y en el costado del Salvador, se le presentó, estando todos reunidos, e- hizo que tocara aquellas heridas, que quiso conservar abiertas, como perenne testimonio de su amor a los hombres. Ni contento con estas primeras manifestaciones, que probaban, sin dejar lugar a duda, la verdad de su resurrección, permaneció cuarenta días, antes de subir a la diestra de su Padre, mos-