269 20 de Abril, 1924. REVISTA CATOLICA trándose ya a unos ya a otros, en, diversos lugares, instruyéndoles en muchas cosas relativas al Reino de Dios, es decir, a su Iglesia, cuyas piedras fundamentales eran ellos, para que al dejarles, llegada la hora de volver a su Padre, quedase grabada en sus corazones, con marca indeleble, la palabra poderosa que había de transformar al mundo. . Ilustrados poco después con la lumbre del Divino Espíritu, comprendieron toda la fuerza de la verdad de que eran testigos; y Pedro, el primero, rinde con ella a tres mil de los que atónitos le escuchaban, y les hace confesar que era el Autor mismo de la vida aquél a quien ellos habían pedido para la muerte. Ya no son unos pobres ignorantes pescadores del mar de Galilea, son doce heraldos que se dispersan por el mundo a conquistarlo para un Dios crucificado, es verdad, pero que resucitó por su propia virtud al tercero día, asentando sobre' esta verdad, como en base inconmovible, el reino perdurable que contemplará la cuna y el ocaso de imperios, que la soberbia humana proclamó inmortales. A su paso vacilaron en sus pedestales los simulacros de la idolatría; y si ésta, para defender su dominio, les opone el hierro y el fuego, las torturas del ecúleo y las garras de las fieras, los cristianos morirán cantando alegremente 1 a gran palabra d e esperanza, que les alienta en el combate. “Despedazad nuestros cuerpos, dirán a los tiranos, aventadlos en pavesas; pero sabed que Aquél por quien morimos, resucitó por su propia virtud, y nos prometió que con su cogerá nuestras cenizas, y va que ya no podréis arrebatarnos.” A los sofismas de la inteligencia extraviada responderán los doctores y apologistas: “Aquél cuya doctrina profesamos y defendemos, probó su verdad venciendo el imperio de la muerte, y sellando, para siempre, con el sello divino de su resurrección, las enseñanzas que integran nuestra fe.” A los rebeldes que rechazan la autoridad de los que le representan en la tierra, les mostrarán la piedra indestructible sobre la cual edificó su Iglesia, la única que reconoce por suya Aquél que, resucitando, dió pruebas de que podía decir sin mentira: Yo soy la verdad. Yo soy la vuz del mundo. Mi poder no tiene, límites ni .en el cielo ni en la tierra. Y, si los adoradores de la carne les invitan a libar, en las copas de su festín, vedados placeres, LA RESURRECCION Dame ¡oh Dios! un destello de la gloria Que hog brindas al mortal, Que ga sé que es liviana g transitoria La gloria terrenal. Por Ti solo, Señor, por Ti se calma El intenso sufrir, Que el reposo ahugenta de mi alma, Ansiosa de subir. Tú la levantas de este suelo impuro, - ¡Dulcísimo Jesús! Y la remontas a lugar seguro Asida de. tu Cruz: Que si esjista trofeo de victoria, Oh Señor, para Ti, Es venero de inacabable gloria Y de paz para mí.—J. M. mano omnipotente renos dará una vida nue- contestarán las legiones de almas puras que siguen al Cordero: “No; no nos mancharemos con vuestras abominaciones; porque el que resucitó, transformando su gloriosa Humanidad en modelo de perenne hermosura, nos ofreció que también transformaría estos cuerpos deleznables, con semejanza tanto mayor a su inmarcesible belleza, cuanto menos los hayamos profanado, pues quiso los guardásemos como templos, suyos.” ¿Qué importa que, como barquilla agitada por la tempestad, se vea combatida la Iglesia de Cristo por amenazantes olas, que parecen van a sumergirla? El que tuvo poder para volver a la vicia, después de la tempestad que le sumergió hasta la oscura región de la muerte, dijo que ni las olas, ni huracanes, ni cuantas tormentas suscitara el infierno, prevalecerían contra ella Y aunque Pedro muera en una cruz, y Lino y Clemente, y otros muchos sucesores de ellos en el cargo supremo de la Grey, tiñan también con sangre las llaves de los ' " ‘ —•*—*H-NO-NO-NN-----00-uej. tesoros divinos, Aquél a quien representan, resucitando de entre los muertos, ga no morirá; antes permanecerá con los sugos hasta la consumación de los siglos. Por eso la dinastía virginal de los Pontífices no se ha extinguido, ni se extinguirá, mientras la humanidad peregrine por la tierra; pues es la cabeza visible del cuerpo místico de Aquél que tuvo poder para reanimar, con vida inmortal, el cuerpo sagrado que ocultó por algunas horas la losa del sepulcro. Y así como la vida que d e v o 1 vió a aquellos miembros despedazados, es más excelente y perfecta que la que debía extinguirse en la cruz, así la vida de su inmor- tal Esposa, la savia divina que corre por sus veas, es algo de tan soberana fecundidad y energía produce.110 admiración los Prodigios qué ¿ Quién aclama como héroes "a esos hombres v aun a débiles mujeres, que, renunciando tal vez a esPeranzas más halagüeñas, a los afectos mas hondos de su corazón, vuelan, como palomas mensajeras, a los bosques incultos, a las islas perdidas en el océano, no cual instrumentos asa-ariados de humanos intereses, sino llevados sólo del anhelo de ir a decir a los que todavía no lo saben, que tienen un Salvador divino, que muño por ellos y resucitó para abrir a su corazón horizontes de eternas esperanzas? ¿Quién ensalza el heroísmo de aquellas delicadas vírgenes que, mecidas acaso en dorada cuna vuelven la espalda a cuantas seducciones les o-frece la vida, sólo para tener derecho de vestir burdo sayal y consagrar sus días al alivio de los