12 El Mensajero Juvenil El Mensajero Juvenil 13 ’— (3) La iglesia debe ser la maestra del individuo. Esto significa que en su obra de enseñar la verdad, la iglesia debe dar instrucción individual. No es suficiente predicar un sermón y decir “aquí hay algo bueno para todos ustedes, vengan y obténganlo,” sino que debemos ir al hombre solo y enseñarlo. La tendencia de nuestra vida eclesiástica es hacia el institucionalismo, o la realización de su obra al por mayor. No podemos hacer nuestro deber sin el contacto individual. Los niños que se unen a nuestras iplesias deben ser enseñados como niños, y aquellos que están en error necesitan ser instruidos más bien que disciplinados. (4) La iglesia debe ser la amiga del individuo. Ninguna amistad, salvo la amistad del hogar, puede tener la intimidad del contacto que hay en la iglesia. En todas las relaciones, salvo estas dos, los hombres se encuentran en bases más o menos egoístas. En el hogar y en la iglesia los lazos de unión son desinteresados, o cuando menos así deben ser; en el hogar la amistad está necesariamente restringida; en la iglesia no. Todos los que buscan amigos deben encontrarlos. El individuo, por humilde que sea, debe encontrar una amistosa simpatía y ayuda en su iglesia. Todo esto debe hacer la iglesia por cada uno de nosotros, o, lo que viene más ai caso, debe hacer por cada uno de los otros miembros de la iglesia. Si falta en cualquiera de éstos, falta en su misión fundamental. Tampoco es éste un argumento para el mimo o la adulación del hombre solo, es argumento para la fiel ejecución de los deberes espirituales para el hombre solo que es la unidad en el reino de Dios. De modo que el hombre solo perdido debe ser objeto de la solicitud y del esfuerzo como lo fué la oveja perdida en la parábola de Jesús. Los individuos deben estar en nuestros corazones lo mismo que el mundo. Debemos orar por los hombres por nombre y buscarlos por su nombre. El deber de la iglesia es para un hombre o niño perdido, lo mismo que para los “hombres” perdidos. 2. El Individuo y la Iglesia. ¿Pero qué debe hacer.cada individuo por la iglesia? Esta es la cuestión ahora. Debe quedar entendi do. que, dé la iglesia o no dé todb lo que debe al individuo, estamos bajo la obligación de hacer nuestro deber a la causa de Cristo que la iglesia representa. (1) El deber de lealtad. Habiéndose unido a un ejército, el individuo debe ser fiel a él. La membre-sía de la iglesia es un asunto voluntario y por lo tanto implica una lealtad asumida por el mismo individuo. No hemos de “dejar nuestras congregaciones” ni permitir que la obra de la iglesia sufra por la falta de obreros. No debemos impulsamos a nosotros por un camino indebido ni permitir a otros hacer nuestro trabajo. Hemos asumido una responsabilidad personal para una participación en la obra de la iglesia y la lealtad a nuestro Maestro la hace una tarea impuesta a nosotros por nosotros mismos. No es cuestión de amor al pastor o de interés en él, ni es una cuestión de cómo somos tratados por otros. Es una cuestión de lealtad a nuestro Señor. (2) El deber de compartir las obligaciones financieras. El Nuevo Testamento contiene amplias garantías para las doctrinas de las ofrendas cristianas. “Según el Señor le haya prosperado,” debe cada cristiano dar para el mantenimiento de la iglesia y de su obra. La ley judía del diezmo puede figurar como proporción mínima, pero la ley cristiana es que nuestra obligación es tan grande como la necesidad a la cual hay que hacerle frente y nuestra habilidad para satisfacerla. Hay sobre cada uno de nosotros una apelación clara de dar para el sostenimiento de la iglesia, aunque lo que demos sea poco. Lo que los otros no hacen no es una excusa para nosotros; nuestra obligación es personal y está determinada por nuestra relación a Dios y no a nuestros semejantes. (3) El deber de comunión. Es nuestro deber hacer posible la comunión cristiana más plena y libre. Mantenernos lejos y luego quejarnos, es una triste equivocación. Si no nos manifestamos amigables, no podemos esperar obtener los beneficios de una comunión cordial. Los extraños vendrán a una iglesia, y sin esperar, o sin la indicación más ligera de nuestro deseo de hablarles, se irán sin ser saludados y quejándose de frialdad e indiferencia. Esto es malísimo. Tenemos tanto el deber de aceptar y buscar la amistad, como de recibirla. Un miembro de una iglesia tiene el deber de mantener la comunión de la iglesia. (4) El deber de una vida consagrada. Cada miembro de una iglesia lleva hasta cierto punto, el honor de esa iglesia con él. La iglesia será juzgada por sú vida. Lo que es más, aun la vida espiritual de su iglesia será afectada por su vida. Si no podemos hacer nada más por nuestra iglesia, podemos hacer esto. No tendremos excusa por nuestra insignificancia porque la vida más humilde tiene su valor. Una vida impura e infiel de parte de cualquier miembro, no es sólo un pecado, sino un golpe a la iglesia de la cual él es miembro. Es lo menos que podemos hacer por nuestro Maestro, y en otro sentido, sin embargo, es la cosa más grande que podemos hacer. (5) El deber de orar. Todos podemos orar. Sólo unos pocos, quizás, pueden hablar; sólo unos pocos son entendidos en la dirección de los asuntos. Todos pueden contribuir para la comunión, dar la ayuda de una vida pura, y orar por la paz de Jerusalem. Si todos los miembros de la iglesia oran por el bienestar de ella con regularidad y con anhelo, tendremos muchas grandes cosas que de otra manera faltarán. (6) El deber de servicio. No es suficiente amar, dar, vivir y orar— debemos trabajar también. Debemos anhelar un lugar en el ejército del Señor. Solos podremos hacer muy poco; en una iglesia nuestro poco puede ayudar para hacer mucho. Estamos obligados al servicio independiente. Debemos hacer nuestra parte solos también. Algo del tiempo y de las habilidades que podamos poseer, deben darse, sin embargo, a la causa de Cristo por medio de la iglesia. 3. Una Qportunidad Para el Individuo. La iglesia es por lo tanto, para el individuo, un lugar para ayuda y un lugar de servicio. Como tal, es una gran oportunidad por regla general, para todos. En ninguna otra parte podemos encontrar una comunión tan desinteresada en todo lo que es mejor y más puro. Necesitamos sus ideales, su culto y sus altas demandas sobre nuestras almas. Para la mayor parte de nosotros, sin que la iglesia tenga un lugar en nuestras vidas, no habría oportunidad para cultivar las cualidades más altas de nuestras mentes y de nuestros corazones. Esto se manifiesta más aún en nuestro deseo de servir a nuestros prójimos, porque indudablemente cada uno debe tener alguna ambición de ayudar a sus semejantes. Pocos de nosotros hay suficientemente ricos, suficientemente capaces, o suficientemente enérgicos para trabajar solos. Y aunque pudiéramos, nuestra obra dependería de nuestra propia salud, o de la longitud de nuestra vida, o de nuestra continuada buena fortuna. Nuestro poco dinero debe combinarse con el de otros; nuestra poca habilidad, nuestro tiempo limitado, nuestra pequeña energía, deben encontrar comunión para hacerse efectivos. Cuando nosotros fallemos, otros no fallarán y la obra proseguirá. La iglesia es el lugar en que el hombre solo se encuentre a sí mismo, se exprese a sí mismo y se ayude a sí mismo. La iglesia es una gran oportunidad para el hombre de corazón sincero que desea servir al Señor y ayudar en su obra. ¿Estás tú, amado lector, haciendo tu deber para con la iglesia como individuo? ¿Está tu iglesia haciendo su deber con cada uno de sus miembros? Estas son preguntas que debe hacerse cada uno y contestarlas en el amor de Dios.