El Mensajero Juvenil _____ E1 Mensajero Juvenil 5 Sesión Devocional—Un Mensaje de Paz. Juan 14:25-27. Mayo 3, 1925. LECTURAS DIARIAS. Lun. Abr. 27. Serpientes Fieras. Núm. 21:1-9. Clave: Juan 3:14, 15. Mar. Abr. 28. Balaam. Núm. 22:21-35. Clave Ver. 31. Miér. Abr. 29. Dos Profecías. Núm. 23:1-24. Clave: Ver. 11. Jue. Abr. 30. Matanza de los Madia-nitas. Núm. 31:1-12. Clave: Ver. 2. Vier. Mayo 1. Predicación de la Muerte de Moisés. Núm. 27:12-23. Clave: Ver. 18. Sáb. Mayo 2. Tribus al Oriente del Jordán. Núm. 32:1-19. Clave: Ver. 6. -------o------- Introducción. La Biblia está interesada por supuesto en la paz entre los hombres y las naciones. Se declara en las bienaventuranzas que los pacificadores serán felices (Mat. 5:9). Se encomia a aquellos que evitan las disensiones y buscan la paz. La condición social ideal es el estado de paz en la nación. Podríamos emplear bastante tiempo estudiando los preceptos de la Biblia relativos a la paz entre los hombres; pero hay un asunto quizás más importante que estudiar, y éste es acerca de la paz del alma, o la libertad de la inquietud y la intranquilidad que es una bendición tan grande para los hombres. El corazón humano desea la paz. En nuestro último programa devocional aprendimos que Cristo da su paz a sus seguidores y que la paz trae el gozo juntamente con otras bendiciones. Esto es lo que el mundo desea—paz verdadera. Sólo Cristo puede darla; sólo él la promete. Nuestra religión es la única que puede traer la bendición de la paz en este viejo mundo infeliz y cansado. 1. Cristo Promete Paz. Jesús dijo: “Mi paz os dejo; mi paz os doy.” Estas palabras llenas de gracia salieron de sus benditos labios en la última larga conversación que tuvo con sus discípulos antes de la crucifixión. El deseaba consolarlos. ¿Qué promesa más consoladora podía él haber hecho? Les prometió “su paz ” Con esto quiso decir una paz como la suya ganada haciendo la voluntad de su Padre; o la paz que él ha procurado para nosotros. Esta paz no es una calma superficial sino un reposo profundo de la vida interna, o el alma. La enfermedad no puede destruirla; la pobreza no puede robarle sus riquezas y la aflicción sólo la hace más efectiva. Si hemos de tener una paz como la de Cristo, podemos ganarla sólo por medio de la fe, por medio de una fe en él, en sus palabras y en su camino. 2. La Vida de Jeeús Ilustra la Paz. Antes del nacimiento de Jesús se le dijo a Zacarías, el padre de Juan el Bautista, que su hijo iba a ser el precursor del Mesías, quien iba a “dar luz a los que habitan en tinieblas y sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz,” Luc. 1:79. Los ángeles, la noche del nacimiento de Jesús cantaron de modo que los pastores pudieran oírlos: “Gloria a Dios en las alturas; en la tierra paz, y a los hombres buena voluntad,” Luc. 2:14. Jesús mismo dijo que ésta era una de las cosas más grandes de su ministerio. La última noche, cuando habló con sus discípulos, les prometió paz como lo dejamos dicho ya. Jesús les había demostrado por su ejemplo qué era tener paz en el alma. El éxito, el fracaso y la muerte no lo habían desconcertado; la responsabilidad más tremenda lo encontró preocupado, pero sereno; los trabajos más pesados lo encontraron quieto y en calma; y la oposición y el odio lo encontraron confiado y fuerte. Sus relaciones con Dios eran lo que debían ser; y en sus relaciones con los hombres estaba en una paz igual, y esta misma paz prome tió a sus discípulos. Es de notarse que esta promesa está estrechamente relacionada con la promesa del Espíritu Santo y en conexión con sus propias declaraciones de que ellos estarían bajo su cuidado aun cuando él se fuera al cielo. Nuestra mejor definición de paz del espíritu, es por lo tanto la vida de Jesús, porque él prometió la paz que él mismo tenía. Esta paz se encontrará en la fuerza del alma en el dominio propio, en el entendimiento espiritual, en la paciencia, en el descanso, en la tribulación y en la fe confiada de que Dios ayudará y sostendrá. 3. La Paz en el Tiempo de Tribulación. Una de las más grandes promesas hechas a los creyentes es la que da Pablo en Fil. 4:6, 7: “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.” Este es un pasaje que debe aprenderse de memoria. A pocos pasajes necesitará el cristiano recurrir con más frecuencia porque son muchos los tiempos de tribulación. Veamos qué dice: (1) Por nada estéis afanosos, sino orad. Se nos recomienda que dejemos de estar afanosos. La única ansiedad que necesitamos es suficiente para hacemos orar. Hay por supuesto diferencia entre la ansiedad e interés o preocupación, y aun un sano temor. La ansiedad implica una duda en cuanto al resultado. La oración es el recurso inmediato del alma amenazada con la ansiedad. En todas las cosas, por una oración tan ferviente que pueda convertirse en un ruego, tenemos que hacer del conocimiento de Dios nuestras peticiones. Y éstas tienen que ser con “hacimientos de gracias.” Esto significa posiblemente que debemos dar gracias por otras ocasiones en que Dios nos ha ayudado, y por la esperanza que tenemos de que todavía nos ayudará. (2) Creer aunque no podamos entender. El resto de esto es un misterio. La “paz de Dios”—esto es, una paz como la paz de Dios, y al mismo tiempo la paz que Dios da en su propio modo al alma—viene a guardar nuestros corazones y nuestros pensamientos. No podemos entenderla; si pudiéramos no sería la paz prometida. De alguna manera nuestras almas son dominadas por una paz y el corazón que había de temer no teme y los pensamientos que habían de inquietarnos y alarmarnos, están tan vigilados que ao pueden hacerlo. Es un misterio. Pero todos nosotros podemos probarlo, y qué hermoso es el pensamiento de que Dios viene con su Espíritu a nuestras almas y hace que su paz obre como un centinela que vigila el corazón y los pensamientos, de modo que ni perdemos el corazón ni damos cabida a malos pensamientos. Alabémosle por ™la paz de Dios que sobrepuja a todo entendimiento.” 4. Paz Permanente. El citado pasaje de los Filipenses, es, sin embargo, para las emergencias, para el tiempo de inesperada tensión o peligro; y, en la vida mejor ordenada habrá muchos de éstos. Pero no debemos estar todo el tiempo recurriendo en nuestra desesperación a nuestros recursos para las emergencias, sino que debemos tener establecida en el alma una paz que nos pase a través de la disciplina de la vida diaria. En Isaías 26:3, tenemos la regla de una vida cristiana ordenada: “Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado.” Está reconocido que esta paz permanente, como la paz para la emergencia, es “la paz de Dios,” porque él es el que “guarda.” Pero aquél a quien Dies puede guardar es el hombre cuya mente está fija en Dios. El tal confiará continuamente en Dios y puede así estar a salvo de todo lo que pueda inquietarlo. ¿Cómo puede Dios guardar en paz a un hombre que habitualmente falta en su confianza? Con este pasaje debemos poner la enseñanza de Jesús en Juan 14:1: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.” Es cuestión muchas veces de lo que vamos a permitirnos hacer. Si no vivimos por nuestra fe no podemos vivir para nuestras bendiciones y privilegios. Debemos creer en Dios y en Cristo, y esto significa que debemos obrar sobre lo que creemos.