18 El Mensajero Juvenil El Mensajero Juvenil 19 dre, María Cleofas, María Salome, María de Betania y María Magdalena. María Epigciaca al oír la palabra de Jesucristo, se retira a un desierto para vivir la vida de la penitencia, después de haber vivido por espacio de 17 años sumida en el pecado. Las mujeres, que siempre tienen adivinaciones y presentimientos, protestaban contra los improperios lanzados en *ontra de Jesucristo, y tanto así, qu * la mujer de Pilato. admiradora de ’a grandeza del Dios Hombre, tuvo revelaciones acerca de la divinidad t e EL Acaloradas luchas sostenía co su marido para conseguir que na se dictase la sentencia en contra ce Jesús; más Pilato fué cobarde al ' acilar entre la influencia que ejer*. ía su mujer sobre él, y entre los cía.ñores de la muchedumbre y las sugestiones de su vanidad. En esta batalla moral, Claudia salió denotada. La desesperación de esta mujer fué muy grande cuando supo que la terrible sentencia se cumplía. Las mujeres prestaron al Salvador importantes servicios durante su Pasión. La Samaritana apagó la sed de Jesucristo; Magdalena le ungió los pies con los más frescos y ricos perfumes. 3. Cristo y la Mujer. Distinguidas concesiones hizo Jesucristo a las mujeres: a la piadosa mujer de Berenice le dejó impreso el rostro en la batista con que enjugó su sudor; a María le otorgó la pedida resurrección de su hermano Lázaro; a Magdalena la dignificó ante el pueblo que la escarnecía. Interesante es esta mujer del Evangelio, dotada de gran belleza y de imaginación exaltada; fué muy célebre por su vida licenciosa, mas la celebridad de su arrepentimiento eclipsó la celebridad de sus pecados. Al oir hablar de Jesucristo quiso conocerle; le vio, le escuchó y “creyó.”—-Apasionada de sus doctrinas, pensó en su redención y después de convertir a una falange de mujeres, que cual ella habían vivido en el pecado, se puso al frente de ellas y todas juntas siguieron al Maestro de Getsemaní hasta el Calvario. A Magdalena se le ve al pie de la cruz llena de dolor, y enfrente de la sepultura de Jesús, llena de esperanza, porque El le había dicho que resuci taría, y Magdalena tuvo el instinto de creer en la anunciada resurrección. Sabido es que ella fué a embalsamar el cuerpo de Jesús y que fué premiada con la aparición del Salvador, recibiendo del Redentor, la orden de divulgar lo que había visto. Inmediatamente reveló Magdalena la resurrección del Salvador, y el número de sectarios se centuplicó. Imposible es negar y olvidar la frase que Cristo dirigiera a la famosa pecadora: “mucho te será perdonado, porque has amado mucho.” Mujeres muy voluptuosas han querido ampararse con esa frase, pero no pueden encontrar en ella absolución. Magdalena había llorado mucho, y además su arrepentimiento fué en la juventud. Retirarse del mundo cuando los placeres más seductores invitan a la mujer a gozar, es un mérito; reservar el arrepentimiento para la vejez, es un sofisma que no admitirá El que es toda verdad. Poética figura de Magdalena; ella ha inspirado obras maestras del sublime pincel de Ticiano, Murillo, Leonardo de Vinci, Rivera, Alonso Cano, Pablo Veronés y otros más. 4. La Madre de Constantino. Ahora, a una mujer, a la virtuosa ELENA, a la excelsa madre del gran Emperador Constantino, cupo la inconmensurable dicha de encontrar la cruz del Redentor, símbolo de nuestra religión. Tan favorecido ha sido el sexo femenino por la religión cristiana, que hay muchos que se aventuran a decir que el cristianismo es la religión de las mujeres. La conversión de Constantino el Grande se debió a su madre Elena. La influencia que sobre él ejercía, fué suficiente para hacerle simpática la religión del Crucificado y cuando la batalla contra Magencio, creyó ver sobre el sol un esplendor que fulguraba en forma de cruz, rodeado de esta inscripción: “IN HOC SIGNO VINCIS,” resolvió adoptar la cruz por divisa, y el estandarte del águila romana se transformó en santo lábaro que ostentaba la cruz. Esta enseña, con el monograma de Cristo, sustituyó a la de los dioses que hasta entonces presidían las batallas, y la cruz, que en el Gólgota había sido emblema de oprobio, empero después sobre los reyes guió los ejércitos y marcó la faz de una nueva civilización. Constantino, el vencedor de Lici-nio y Maximino, no fué cruel con sus enemigos, pues Elena se esforzó en dulcificar los bélicos y duros instintos de su hijo, y tanto lo consiguió que cuando un adulador fué a decir a Constantino que se vengase de los que habían apedreado su estatua, él contestó: “las pedradas no me han hecho ninguna contusión.” Por influencia de Elena promulgó Constantino en Milán el célebre edicto en favor de los cristianos; levantó templos. A la dulce iniciativa de Elena se debió la abolición de los combates de los gladiadores y el que se prohibiera consultar los augures, multiplicar los esclavos, marcar los condenados en la frente y hacerlos morir en la cruz. Esta admirable mujer de que nos ocupamos, animada por la fe religiosa, cuando emprendió su peregrinación a la Tierra Santa, tenía ya la avanzada edad de 79 años. Constantino puso a su disnosición los tesoros del erario, pero ella no quiso aceptar nada y viajó de incógnito para que no le tributaran honores reales. Gran ejemplo de modestia y humildad será siempre esta Emperatriz, que se impuso, al hacer su viaje a los Santos Lugares, las duras privaciones, pudiendo haber viajado rodeada de todas las comodidades y de todo el lujo debido a la fortuna de su hijo y a su alto rango. Elena, cuando llegó a Tierra Santa, hizo demoler un templo pagano que estaba sobre el Calvario, y entre éstas y otras ruinas empezó a dirigir las excavaciones, las que duraron mucho tiempo, con objeto de encontrar la cruz del Salvador. Esta piadosa mujer, tras muchas fatigas y trabajos constantes, a los que no desmayó su fe ni un momento, halló, según creía, la cruz a la que fué clavado Jesucristo. Para solemnizar el inapreciable hallazgo, mandó construir tres templos: en el Calvario la Iglesia del Santo Sepulcro, otro en Belén y otro en el Monte de las Olivas. Uno de los trozos de la cruz lo hizo engarzar en ricas piedras y se lo envió a su hijo Constantino. Los restantes los repartió entre algunas iglesias. 5. Contrastes. Mucho se puede decir de esta mujer; un marcado contraste se destaca entre la Elena del paganismo y la Elena de los cristianos. Elena se consagró a curar a los heridos abandonados por los partidarios de su hijo, dando ejemplo de alta tolerancia religiosa y de gran caridad. No podemos negar que Elena griega creó el arte clásico, pero esta obra queda desvanecida al contemplar a Elena romana, propagando la más perfecta de las religiones. Todos los pueblos antiguos asociaron a la mujer a sus religiones. Los israelitas convirtieron a Débora en profetisa. Los galos y romanos consultaron a la mujer en asuntos religiosos; los griegos tuvieron pitonisas, los romanos sibilas. El cristianismo es la religión que ha inspirado mayores heroísmos a las mujeres y cuenta en sus anales con un gran número de mártires. 6. La Mujer y el Cristianismo. ¿Cómo no había de amar la mujer a una religión que le dió la personalidad, que le sacó de la ignominiosa abyección en que vivía? La mujer encontró muy humana la religión que tiene consuelo en esta vida para cada dolor y que nos sonríe con la acariciadora esperanza de un mundo perfecto, donde no ha de penetrar la injusticia. La mujer abrazó con justo entusiasmo el cristianismo, porque es la religión del indigente, del desvalido; porque consuela al que llora, alienta al que desfallece, protege al débil y ampara al desgraciado. 7. La Influencia de la Mujer. La mujer ejerce una influencia muy grande sobre el hombre, y por ello no es extraño que por su instrumentalidad se hayan efectuado y se efectúen famosas conversiones. De allí que las madres debieran tomar ejemplo de Elena, pues ella supo guiar a su hijo Constantino por un buen sendero; deben también dejar sentir su influencia sobre sus esposos cuando éstos no son cristianos, y de esta manera satisfacen un gran deber. ¡ Oh, la influencia de una mujer buena, tiene más fuerza que una legión de combatientes! Nadie puede ejercer influencia tan’ saludable en el niño, como su madre; las ideas que