30 de Noviembre, 1924. REVISTA CATOLICA 797 SECCION EDITORIAL DICHOS Y HECHOS Pordioseros en las elecciones, tiranuelos en dar lepes, fariseos en aplicarlas. “Por sus obras los conoceréis”: Tal fué el distintivo que dio el Señor para conocer a los falsos pastores, y tal debe ser también el distintivo para conocer a los falsos defensores de los derechos del pueblo. Hoy día se han hecho de moda ciertas frases altisonantes, que a fuerza de repetirse seducen a no pocos incautos- En tiempo de elecciones, por ejemplo se ve a ciertos políticos mendigando y aun comprando el voto popular con la promesa solemne de defender los ‘‘sacrosantos e inalienables derechos del pueblo” en las Cámaras. Mas dejadles subir; esperad a que prueben -con obras su “desinteresado” amor y respeto a la voluntad popular, y veréis cómo los pordioseros del roto popular se constituyen en los más intolerantes autócratas, dando un puntapié a ese mismo pueblo y burlándose de sus ruidosas protestas. El caso de Honduras, de que hablamos en otro artículo, es uno de tantos ejemplos. En teoría las mayorías gobiernan; pero con demasiada frecuencia es la voluntad de algún caciquíllo la que se constituye en ley que tiraniza. Una vez promulgada la ley, aun se hace más odiosa y farisaica su aplicación. Los mismos que pisotean, cuando se- les antoja, hasta las leyes más fundamentales del país, que tan cínicamente se burlan de la voluntad del pueblo, y que a costa de “sacrificios” no muy legales en la administración de los negocios o de la hacienda pública adquieren pingües capitales, ésos mismos claman escandalizados contra los supuestos infractores de leyes, decretos o disposiciones anticuadas o repudiadas por el pueblo, sólo por ser contra la Iglesia Católica y sus ministros. La actitud de estos “cofrades de la estricta observancia” es digna de aquellos escribas y fariseos de quienes decía -el Señor: “\ Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que diezmáis hasta la hierbabuena, -el eneldo y el comino, y abandonáis las cosas más esenciales de la Ley, la justicia, la misericordia y la fe¡Guías ciegos, que coláis hasta un mosquito, y os tragáis un camello!” O bserrancia opresora. Hace algún tiempo, al subir Herriot a la jefatura del Gobierno francés, ostentaba en los pliegues de su bandera las halagadoras palabras de “unión p libertad”. Poco después, cuando en su programa comenzaron a aparecer medidas que herían en lo más vivo los sentimientos religiosos del pueblo francés, católico en su mayoría, aun tenía la osadía de decir para defender su actitud: “Si en alguna parte del territorio francés se llegara a poner trabas al ejercicio de la religión ca- tólica, intervendríamos sin vacilación y hasta con energía para asegurar su libre ejercicio. Lo que nosotros llamamos libertad, incluye el respeto a todas las creencias, pero dentro de la ley. Este es, a nuestro modo de ver, el único principio para establecer la paz interna y la fraternidad nacional”.—Sí; libertad, omnímoda libertad para el ejercicio de todos los cultos; pero, cuida-dito con que los franceses se asocien, según sus creencias, para formar órdenes religiosas: caerá sobre ellos todo el peso de la ley.... ¡ La ley! ¡ Cuántas violencias y hasta crímenes se cometen en nombre de la ley, puesta en manos farisaicas!___ Hasta para crucificar al Señor se invocó la observancia de la lep, por aquellos mismos que la estaban pisoteando a cada paso en los trámites del nefando proceso. ¡Quieren ser libres! Esta es una de las razones que suele aducir esa clase de políticos para imponer leyes odiosas contra el Clero: quieren librarse de la “tiranía clerical”, no quieren rebajar ni degradar su honor nacional. Pero ¡justos juicios de Dios! Esos mismos que tan altivamente proclaman de palabra su independencia hasta del mismo Dios, se rebajan con su modo de obrar, se esclavizan a potencias extranjeras, y se postran ante los “dioses del oro” mendigando empréstitos degradantes de su honor nacional; y los que predican la más sincera y cordial fraternidad, se convierten en verdaderos atizadores de discordias, cuando quieren imponer su despótica voluntad al pueblo. Hace unas semanas el mismo Herriot, el adalid de la “unión p libertad”, el intrépido campeón contra el inerme Vaticano y contra los indefensos religiosos, atacó bruscamente a los de la o-posición y a los gobiernos precedentes. Y como éstos no son curas ni frailes que bajen la cabeza, comenzaron por medio de la prensa a agitar la opinión pública y censurar al jefe del Gobierno, considerándolo, más como cabecilla de partido, que como jefe de una nación, y hasta prediciendo su caída si continúa con ese espíritu de “intolerancia p violencia”. “M. Herriot afirma—decía Le Temps—que su mayor ideal es establecer entre los franceses una 'fraternidad verdaderamente sincera’. ¿Cree él por ventura que el mejor medio para asegurar tal fraternidad, después de haber proclamado la paz entre las naciones, es declarar la guerra en términos violentos contra todos los gobiernos que le han precedido, y contra todos los franceses que no aprueban su política?”. No; no hay que olvidar que el que se apoya en un pedestal de voluntades para subir al poder, no tiene más remedio que gobernar según la voluntad del pueblo que le ha encumbrado, o convertirse en tiranuelo, en el más flagrante infractor de los principios democráticos que tanto proclama.