20 de Abril, 1924. REVISTA CATOLICA 267 ■*» ¡RESUCITO!...... En vano buscaríamos, en- tre cuantas posee por millares el lenguaje humano, una palabra que haya producido, y siga produciendo sobre la tierra efectos más prodigiosos. Un mensajero divino la pronunció al amanecer de un día, cuya gloria debía eclipsar la de cuantos días gloriosos han lucido en la sucesión de los tiempos. Y, sin embargo, no resonó en un areópago de sabios, ni se dirigió a las multitudes ávidas de oír el anuncio de esperadas victorias. No se escogió para pronunciarla, la espléndida corte de los Césares, cuyo cetro alcanzaba a cuanto se podía llamar entonces el mundo civilizado. Nó; los días grandes de los hombres requieren, porque siempre son pequeños, realzarse con esas solemnidades; y éste era el día de Dios, que no mendiga ajenas galas para engrandecer sus obras. Esa palabra se dirigió, por vez primera, a u-nas sencillas mujeres en la escondida soledad de un sepulcro, que encerraba, creían ellas, el cuerpo exánime de un hombre poderoso en obras y en palabras, a quien guardaban amor y veneración, a pesar de que, tres días antes, había expirado en un patíbulo, juzgado y condenado por el Gran Consejo de los Príncipes, de los Ancianos y de los Sacerdotes de su pueblo, y alzado en una cruz, por sentencia del representante del poder imperial de Roma. Iban ellas a verter aromas sobre el cadáver del que habían amado y admirado como Maestro, como enviado de Dios, como obrador de maravi llas; y no reparaban en que yacía debajo de pesada losa, cuyas junturas al sarcófago cavado en la roca habían sido selladas, por lo mucho que importaba la inviolable seguridad de aquella tumba ; ni temían los desmanes de los soldados que la custodiaban, precisamente para que nadie se atreviera a abrirla. ¿Era demencia el piadoso intento que las guiaba, pues tantos obstáculos se oponían a que pudieran realizarlo? Nó; era que una fuerza superior las conducía, para que, en premio de su fidelidad al Crucificado, oyeran ellas, las primeras, aquella palabra, no ya mágica sino divina, que había de cambiar la faz del mundo. Sorprendiéronse, al llegar al huerto que rodeaba el sepulcro, de no ver la guardia romana allí apostada; penetraron hasta la tumba, y su sorpresa se trocó en estupor y espanto, al ver vacía la cavidad del sepulcro, volcada cerca de él la gran piedra que lo cubría, y en ella sentado un joven resplandeciente de luz y de hermosura, que les habló así con voz amiga: No temáis, buscáis a Je-sus Nazareno que fue crucif icado. RESUCITO, como lo había predicho: no está aquí; mirad vacío su sepulcro. Corred a anunciarlo a sus discípulos. Mudas ante aquel inesperado anuncio, nada respondieron al ángel; y, repuestas un tanto del pasmo que les causara, echaron a correr hacia la ciudad, según refiere uno de los testigos de estos hechos, y en el camino tuvieron la dicha de ver y adorar por un momento al Resucitado, que se les presentó de improviso diciéndoles: Dios os