El Faro Dominical 5 dio de la oración. Ruégete que te a-cuerdei ahora; le habla con la sinceridad de un hijo a su padre. He andado delante de ti; en verdad, Ezequías había sido un buen rey y había buscado los caminos del Señor. En verdad; ■ fielmente” (V. M.). Con íntegro corazón; con sólo el deseo de hacer la voluntad divina. He hecho lo que ha sido agradable a tu* ojo*; lo bueno, lo justo, lo recto. Lloró Ezequías con gran lloro; no había cumplido cuarenta y cinco años de edad y no tenía hijo heredero. Vs. 4, 5’ Fue palabra de Jehová a Isaías de nuevo. Primero, para anunciarle la muerte del rey y ahora con otro mensaje. Jehová Dio* de David tu padre; el que con frecuencia había sido fortalecido por Jehová. Tu oración he oído y visto tu* lágrimas; Dios oye la oración sincera y ferviente de sus siervos. Añado a tu* día* quince años; nuestra vida está en poder de Dios. Además de prolongar su vida, le prometió librar a Jerusalem de mano del rey de Asiría. LA LECCION BOSQUEJADA Comenzamos, hoy amados lectores, nuestros estudios dominicales en el \ntiguo Testamento. Todo este estudio será sumamente útil para nosotros, -i procuramos fijarnos bien en cada una de nuestras lecciones dominicales, y esliéramos con fe que Dios ilumine nues-ros entendimientos para mejoi- comprender su santa Palabra. El pasaje de nuestra lección nos halda de un rey cuyo nombre fué Uzzías. Éste fué un rey bueno por muchos años; -e puede decir que por cosa de cincuen-a años fué bueno y luego se enalteció de tanto orgullo, que se hizo inútil deante de Dios. Y tanta así fué su soberbia, que por su pecado Dios lo azo-■ó con lepra y así murió leproso. Isaías creció durante el buen reinado de Uzzías; vió mucho de la buena ■ida de este rey y le pudo mucho su muerte. En seguida Isaías buscó el templo de Dios, quitando su mirada de este rey terrenal que había desapa-•ecido, y encontró allí una gloriosa visión del Rey de reyes y Señor de señores. En la visión de Isaías se presenta el Señor bajo varios aspectos. Primero mentado sobre un trono alto y sublime. Aquí notamos que la visión es una, visión de pureza y de grandeza. Mientras está el profeta rindiendo culto a Dios en el templo, repentinamente todo se transfigura delante de sus exta--iados ojos. Las paredes del santo recinto se apartan y el techo se alza majestuoso hasta parecer la alta bóveda del gran palacio de Dios. Y allí mismo ve al Señor sentado en su trono, recibiendo la adoración de ■teres celestiales. “Y las faldas de su niveo manto llenaban el templo.” Encima de él había serafines. Propiamente hablando, la palabra serafín no significa ángel. Esta palabra significa “ardiente.” Los serafines son sin duda seres altamente pode- rosos, de una fortaleza titánica, ocupados en hacer la voluntad de Dios en el vasto universo. Estos seres altamente majestuosos estaban en la presencia de Dios, según la visión, y reverentemente cubrían sus rostros con un par de alas, porque no se consideraban dignos, ni eran capaces de contemplar el esplendoroso resplandor de Dios. Con otro par de alas cubrían sus pies, porque en la augusta presencia de Dios se sentían insignificantes y muy humildes. Y el tercer par de alas con que volaban, era una expresión sincera del entusiasmo por servir a su Dios. Sus purísimos y ardientes labios los usaban para dar gloria a Dios,, diciendo: “santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos, etc.” Su atronadora alabanza sacudía los umbrales del templo, y lo llenaba de humo, que era símbolo de la presencia de Dios. En presencia de tan sublime visión, el profeta se siente completamente insignificante e indigno de estar ni siquiera allí en el santo lugar. Se sintió grandemente pecador. . Y en cuanto Vió qué grandes y qué majestuosos eran los serafines que glorificaban a Dios, él se sintió completamente indigno de unir su pobrecita voz a la de a-quellos marávillosos seres celestiales. No pudo más qus. exclamar: “¡Hay de mí que soy muerto!” Se consideraba como un muerto que sólo puede inspirar repugnancia. En seguida viene un llamamiento al servicio. Aunque es cierto que Dios pudiera haber mandado a sus ángeles a presentar su voluntad a,los hombres, sin embargo no lo hizo así, sino en raras ocasiones. Es a los mismos hombres a quienes Dios llama a anunciar su voluntad a los demás hombres. A pesar de su augusta y sublime majestad, no ordena Dios en esta ocasión, sino que consulta y dice: “¿A quién